La poesía de los e-soliloquios

El poema perdido

Viejo comiendo solo en un restaurante chino


Estoy satisfecho, resistí la tentación,
si es que fue una tentación, cuando era joven,
de escribir un poema sobre un hombre viejo
comiendo solo en la mesa del rincón de un restaurante chino.

Habría malinterpretado todo:
el pobre desgraciado, sin un amigo en el mundo
y con sólo un libro por compañía.
Probablemente pagará la cuenta con calderilla.

Satisfecho de haber esperado todas estas décadas
para recordar cuan agria y picante es la agria y picante
sopa aquí en Chang‘s esta tarde
y cuan fría es la cerveza china en un vaso escarchado.

Y mi libro —el Ensayo sobre la ceguera de Saramago
de hecho— es tan absorbente que levanto la vista
de sus crecientes horrores sólo
cuando me impacta una de sus brillantes frases.

Y debo mencionar la luz
que se derrama por los ventanales en esta hora del día
y resalta todo lo que toca—
los platos y tazas, los manteles inmaculados,

al igual que el pelo castaño de la camarera
de blusa blanca y minifalda negra,
la que sonríe al traer un tazón de arroz
y fajitas al ajo a mi mesa favorita en el rincón.
Billy Collins

Restaurante chino Exiquisiteces Latinas
Satisfecho el poeta de no haber escrito este poema cuando era joven, insatisfechos nosotros de no poderlo leer. Seguro que lo habría malinterpretado según la interpretación de este viejo sentado en un rincón, pero nos habría dado una visión diferente, la del joven que ve a un viejo comiendo solo en la mesa del rincón de un restaurante chino y esta es la que nos falta, el poema perdido de Billy Collins.

Porque no hay más verdad en la versión de uno que en la visión del otro, sólo un cambio de perspectiva. El desagrado, la compasión del joven hacia el viejo desgraciado que come solo es la realidad del afortunado lector de Saramago capaz de apreciar la luz que se derrama por los ventanales y de mantener intacta su admiración por la camarera eternamente joven de blusa blanca y minifalda corta que se acerca con una sonrisa en los labios.



Old Man Eating Alone in a Chinese Restaurant


I am glad I resisted the temptation,
if it was a temptation when I was young,
to write a poem about an old man
eating alone at a corner table in a Chinese restaurant.

I would have gotten it all wrong
thinking: the poor bastard, not a friend in the world
and with only a book for a companion.
He’ll probably pay the bill out of a change purse.

So glad I waited all these decades
to record how hot and sour the hot and sour
soup is here at Chang’s this afternoon
and how cold the Chinese beer in a frosted glass.

And my book —José Saramago’s Blindness
as it turns out— is so absorbing that I look up
from its escalating horrors only
when I am stunned by one of his gleaming sentences.

And I should mention the light
that falls through the big windows this time of the day
italicizing everything it touches—
the plates and teapots, the immaculate tablecloths,

as well as the soft brown hair of the waitress
in the white blouse and short black skirt,
the one who is smiling now as she bears a cup of rice
and shredded beef with garlic to my favorite table in the corner.



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