Soliloquio

Hacia lo que queremos

Donald tenía 84 años cuando hicimos la entrevista. Psicólogo de formación, había tenido una vida rica y llena de significado. Se arrepentía de muy pocas cosas. Una de las mayores fuentes de felicidad en su vida había sido estar casado durante cincuenta y seis años con su mujer, que había muerto seis años antes de la entrevista. Cuando le pregunté sobre las encrucijadas de su vida, pensó inmediatamente en un baile de fin de curso de hace sesenta y dos años.

“Yo era un muchacho tímido, muy tímido, especialmente cuando se trataba de hablar con mujeres. El primer año que fui a la universidad, en un baile, vi a una preciosa chica al otro lado de la sala. Llevaba un jersey color crema, tenía el pelo suave y una maravillosa sonrisa. En cuanto la vi supe que estaba hecha para mí, era la mujer con la que me iba a casar.”

Cuando el joven Donald miró al otro lado de la sala, se dio cuenta de que era una chica popular, rodeada de otras chicas populares, y las chicas de ese tipo muy pocas veces hablan con los chicos tímidos, y menos aún bailan con ellos. Era consciente de que se arriesgaba a hacer el ridículo y quedar en evidencia si le pedía que bailara con él y ella rechazaba su oferta.

“Respiré profundamente, me fui directo a ella y le dije que era la mujer con la que me iba a casar. Se sorprendió por la noticia, que no pareció entusiasmarle, pero bailó conmigo de todos modos. Hubo un primer baile, y luego otro, y otro. En las siguientes semanas tuve que perseguirla con cierta insistencia para que se diera cuenta de que ese baile duraría toda la vida.”

Esta decisión tan pequeña, que tomó cuando tenía unos veinte años -la decisión de arriesgarse a un fracaso por intentar conseguir lo que quería- se convirtió en una de las más importantes de toda su vida. El matrimonio definía su vida de muchas maneras, e incluso seis años después de la muerte de su mujer, me dijo que “no hay un solo día que no note que me envuelve su presencia” y añadió: “Cuando el amor te conmueve, nunca muere”.

Me seguía preguntando qué hubiera pasado si el miedo a hacer el ridículo se hubiera impuesto ese día; si Donald hubiera dado por seguro su fracaso y no hubiera hecho nada. Con 84 años, ¿miraría hacia atrás y se arrepentiría de no haberse acercado a esa chica y haberlo intentado?

Evidentemente, no todos los actos de valor que llevamos a cabo acaban definiendo nuestra vida o acaban siendo un paso crucial en nuestra búsqueda de la felicidad. Pero como no podemos saber con antelación los riesgos que valen la pena, siempre nos tenemos que mover hacia lo que queremos en vez de alejarnos de lo que tememos.

John Izzo – Los cinco secretos que debes descubrir antes de morir

El tango
Al leer este testimonio de Donald me vino a la cabeza, magnífica y lamentable, La canción de amor de J. Alfred Prufock, de Thomas Stearns Eliot. Sus continuos: “habrá tiempo”, “habría valido la pena”, “¿Me atrevo?”; o sus devastadores: “¿Me atrevo/ a molestar al universo?” o “a veces, incluso, casi ridículo/ a veces, casi, un Bufón” contrastan con este decidido: “Respiré profundamente, me fui directo a ella y le dije que era la mujer con la que me iba a casar.”

Los viejos sabios a los que entrevistó John Izzo lo saben:

Lo que más tememos es no haber vivido al máximo nuestra vida, llegar al final del camino y que nuestras últimas palabras sean “Ojalá hubiera…”

Pienso que debemos estar buscándonos continuamente con la mirada puesta hacia lo que queremos. En la práctica del tai chi se dice y se repite que la dirección de la mirada ayuda a colocar bien el cuerpo. Una mirada baja nos hace inclinarnos hacia adelante, una mirada demasiado alta pone en peligro nuestras cervicales.

Pienso que hemos de porfiar en mantener en el mejor tono el coraje de mirar al frente.

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5 pensamientos en “Hacia lo que queremos

  1. Las dudas son traicioneras y nos hacen perder muchas oportunidades, pero igual cuando actuamos por impulso podemos cometer muchos errores.
    Que difícil es mediar y llegar a ese equilibrio ideal para lograr lo que queremos en la vida no crees?

    Cómo quisiera llegar al final de mis días diciendo, ¡logré lo que quería!

    Saludos!!

  2. Tal vez no siempre podamos lograr lo que queremos, pero pienso que es bueno reconocernos en el intento, haberlo intentando aproximandonos a lo que queremos a través de ir descubriendo lo que somos.

    Un poco es como poder pensar, en el porche de nuestros muchos años, que nos atrevimos, que no renunciamos a nada. Así, muy posiblemente podremos decir este “logré lo que quería”, pero pienso que bien seguro que podremos decir, el más valioso aún, “fuí a por ello”.

  3. Renunciar a veces es un trampolin para poder alcanzar lo que deseamos, aun asi es la forma de reconocernos que en el intento seguimos siendo nosotros potencialmente más que nunca.

    Descubrirnos a nosotros mismos es la mayor aventura.

    Silver

    • Estas entradas más largas siempre son menos leídas. Gracias por tu lectura.

      Movernos hacia lo que queremos nos acerca a lo que somos. Se necesita intención y coraje. Las dos cosas pueden trabajarse, mejorarse.

      Un saludo

  4. Pingback: Lamento y arrepentimiento | e-soliloquio

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